Llega el verano y, por tanto, las tan ansiadas vacaciones. Puede ocurrir que estés buscando algo diferente porque ya eres un viajero experimentado. O que estés huyendo de los caminos trillados y, lo que es peor, de la masificación turística característica de la temporada estival. Europa, pese a contar con algunas de las ciudades más turísticas del mundo, también alberga ciertos destinos poco conocidos que, sin embargo, lo tienen todo. Te los mostramos en esta lista… ¡disfrútalos antes de que se corra la voz! Por cierto, ya puestos, hemos priorizado destinos no muy tórridos que, de paso, sean también una oportunidad para escapar de los rigores del verano español. Si prefieres una selección más convencional, aquí te dejamos los mejores destinos europeos para el verano.
Lübeck (Alemania)
Lübeck no está entre las primeras ciudades que vienen a nuestra mente cuando pensamos en Alemania, y es una pena dado que la ciudad tiene méritos de sobra para hacerlo. Se trata de una localidad fronteriza con Dinamarca y muy próxima al Báltico. Una situación que, históricamente, hizo de esta ciudad un lugar próspero, una circunstancia que se aprecia de inmediato por la belleza de su arquitectura. De hecho, es una ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Te recomendamos que visites la Puerta de Holsten, que daba antiguamente acceso a la ciudad y también la Iglesia de Santa María. Tal vez lo mejor sea perderse por las calles de la Altstadt, la Ciudad Vieja. Una red de callecitas con casitas de ladrillo muy típicas que vale mucho la pena.

Danzig (Polonia)
Esta ciudad portuaria, actualmente polaca, es un enclave que muchos aficionados a la Historia conocerán, pues fue por esta ciudad que comenzó la Segunda Guerra Mundial y fue en sus calles donde comenzó a hervir el movimiento Solidaridad que resquebrajaría el Telón de Acero. Asomada al mar Báltico, Danzig (Gdansk en polaco) es una ciudad coqueta y hermosa, de cuyos monumentos destacan la Basílica de Santa María y su Ayuntamiento. Por lo demás, callejear por ella es un gustazo que no puedes perderte. Sobre todo por las hermosas casitas multicolor pintorescas y encantadoras. Las podrás apreciar en todo su esplendor paseando por la Calle Larga, una de las calles más emblemáticas de la ciudad.

Tallinn (Estonia)
Los bálticos son, generalmente, poco conocidos, a pesar de su diversa herencia cultural y la belleza de sus manejables capitales. Uno de los casos es Tallinn, la capital de Estonia. Una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Destaca, sobre todo, su Ayuntamiento, cuya torre se alza a 64 metros del suelo. Aunque, tratándose de torres, la que se lleva la palma es la de la Iglesia de San Olaf, de nada más y nada menos 124 metros de altura. Resulta también muy interesante adentrarse en la herencia rusa del país, especialmente en la Catedral de Alexander Nevski, un templo ortodoxo fastuoso. Y, para redondear el paseo, nada mejor que darse un salto al Castillo de Toompea, una fortificación medieval que es hoy sede del parlamento estonio.

Riga (Letonia)
Y ya que estamos en un país báltico, no cuesta nada darse un salto a otro que no le anda a la zaga en cuanto a belleza. En este caso, la influencia alemana es más que patente, sobre todo por su arquitectura y por la escultura de Rolando (así como el monumento a los Músicos de Bremen). Y es que la influencia alemana en la ciudad ha sido de lo más intensa, ¡su fundador fue un clérigo de Bremen! Sin embargo, no sería justo considerarla como una mala copia de la ciudad alemana. Todo lo contrario, Bremen cuenta con monumentos de excepción como la Torre del Polvorín o el Castillo de Riga. Y, para una inmersión en la herencia rusa del país podemos visitar la Iglesia de Natividad de Cristo, un muy hermoso templo ortodoxo.

Linz (Austria)
Todos conocemos Viena y Salzburgo, aunque Linz es bastante menos conocida. Se ubica a dos horas en coche de la capital austriaca y no te decepcionará visitarla. Una buena toma de contacto con la ciudad es la Hauptplatz, una plaza de más de 10.000 metros cuadrados considerada la plaza cerrada más grande de Europa. ¡Ahí es nada! Otros monumentos que valen la pena es su Catedral Vieja y su Catedral Nueva, el Castillo de Linz y el Ayuntamiento. Para los aficionados a la cultura, que no lo olviden: ¡están en el país de Mozart! A pesar de que el genio austriaco nació en Salzburgo, residió en Linz e ¡incluso dedicó una sinfonía a la ciudad! Puedes conocer su residencia temporal en la ciudad en la Mozarthaus.

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